¿Quo vadis SNCTI?

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Un cambio de régimen. Esta vez es distinto.

El Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SNCTI) está enfrentando una de sus horas más oscuras, cursando el tercer año de un achicamiento presupuestario sin precedentes, bajo un ataque mediático persistente y padeciendo iniciativas políticas poco informadas y anacrónicas. En una secuencia presupuestaria que se remonta a 1972, alcanzó ya en 2025 un mínimo histórico en su relación con el PBI, y 2026 se avizora aún peor. Para un sistema que, como resultado de procesos históricos y sociales contingentes e idiosincráticos, se recuesta masivamente en el financiamiento estatal, se trata de un desafío singular. Pero la hipótesis aquí es que el daño institucional, la pérdida de capacidades de generación de conocimiento y la desarticulación sistémica no se miden tan sólo en la perspectiva del sector, lo cual podría reconducir este presente a la comparación con otros períodos de ajuste, sino que se trata de un auténtico cambio estructural.

Si esto fuera así, si la unidad de medida fuera mucho más amplia, cualquier política sectorial presente y futura debería atender a un hecho elemental: no serán medidas reparatorias y compensadoras las que buscarán subsanar el estado de cosas al que conduce la política actual del gobierno. El énfasis destructivo de la gestión actual de gobierno apunta a convertir en ruinas las edificaciones que fueron cimentadas en una época para un proyecto de país que, más allá de todas sus logros, méritos, contradicciones, imperfecciones e incompletudes, por distintos motivos, ya no existe más. Es una constatación doble: la acción futura no será del orden de la subsanación y el curso de cosas que nos toca presenciar es, en lo que toca al recorrido visible, puramente destructivo, sin capacidad de generar nada más.

Lo que vemos es un intento de rediseñar la sociedad y la economía argentina en un contexto global igualmente desafiante. El gráfico 1 muestra el achicamiento del sistema, donde lo que se ve es que las instituciones, organismos y herramientas constructivas y transversales del SNCTI (notoriamente el ex MINCyT y la Agencia IDI), justamente aquellas que dependen y a la vez apuntalan un diseño político sectorial, son las que más caen, hasta el punto de desintegrarse. A su turno, los organismos que acoplaban al SNCTI con dimensiones estructurales del desarrollo del país, son los que siguen en la caída. El cambio de régimen económico, en una dirección muy nítida, socialmente excluyente y políticamente desafiante, impacta de lleno en el acoplamiento estructural del SNCTI con el sector agropecuario (INTA), el industrial (INTI) y en los nichos integrados donde la Argentina había articulado clusters tecnológicos altamente competitivos (CNEA, CONAE). Finalmente, los organismos enfocados en misiones institucionales, más claramente acotados en su alcance y en su eslabonamiento con otros sectores económicos y sociales, junto con el CONICET, son los que van a la zaga en cuanto a la dimensión del ajuste. Pero todos se enfrentan a una situación de no retorno.

Naturalmente esto es esquemático, y en algún sentido los organismos, instituciones y programas que se insertan constructivamente en un diseño transversal de política sectorial, también tienen dimensiones de acoplamiento para el desarrollo o misiones institucionales específicas, y viceversa, pero la idea quizás trivial apuntalada aquí es que el impacto de la reconfiguración del régimen de regulación política y económica en el SNCTI varía según el punto de extroversión o introversión en el que se inserta cada sección, organismo, institución o programa del sistema. No todos los organismos pueden adaptarse y modificar su curso institucional en este contexto.

Lo que estamos viendo, en tiempo real, es un sistema fragmentándose por presión externa y por el diferencial de tensión interna para responder al proceso en curso. Pero esa fragmentación no se subsanará por una política que, posteriormente, venga a revertir las líneas de fuerza del presente. El SNCTI, que venía respondiendo de manera muy variada a las inconsistencias acumulativas en el patrón de desarrollo socio-económico argentino anterior, haría mal en continuar pensándose bajo el patrón organizacional sectorial configurado en una época que ya no es la nuestra. Los ejes transversales constitutivos, los puntos de acoplamiento y las misiones específicas del SNCTI futuro tienen que pensarse midiendo la distancia que nos separa no solo de la destrucción del presente, sino también de las construcciones del pasado.

La utilidad de la ciencia. Supersopa vs. el ano de Batman.

Una buena parte de la línea de ataque contra el SNCTI ha provenido de un argumento basado en una idea curiosamente desfasada y anacrónica respecto de qué es lo que constituye la especificidad del sector científico y tecnológico. Y sin embargo, al enfocar algunos elementos presentes (negativos) en el sector que son dignos de atención, esa crítica desfasada logró algo no menos notable: una respuesta equivocada que ha potenciado, justamente, la crítica.

Un típico cuestionamiento hacia la ciencia se enfoca en el carácter desapegado, ajeno a las preocupaciones mundanas, que atraviesa a los académicos, científicos e investigadores. El anti-intelectualismo toma así la forma de una acusación en contra de vicios existentes en vastos campos disciplinares: el elitismo, la endogamia y la vigencia de ciertas prácticas que parecen apuntar a evadir el escrutinio público dan sustento a esta aproximación, que no por antigua pierde su filo. La remañida acusación de que el CONICET financia investigaciones “sobre el ano de Batman”, de que los organismos científicos son cajas bobas de estructuras rentadas que ante todo buscan su reproducción institucional y, por sobre todas las cosas, presupuestaria, obran como suficiente recordatorio de una brutal realidad: el SNCTI no flota en el vacío, y las prácticas sociales no se auto-validan. Prestar atención a la S que forma parte de la sigla SNCTI implica notar que todo sistema tiene un entorno.

¿Por qué alguien investigaría sobre el ano de Batman y, más aún, por qué todos financiaríamos tal cosa? La respuesta a esta pregunta encierra todo nuestro dilema en este punto. El problema para el SNCTI en su parte de CTI implica reconocer algo como esto: se trata de ver qué ámbitos -¿o podríamos llamarlos campos disciplinares quizás?- resultan ser espacios reglados legítimos, validados y susceptibles de ser reconocidos y financiados por el erario público. Pero el dilema del sector científico radica en el rasgo esotérico acumulativo y asimétrico de la constitución de lo que justamente constituye un marco disciplinar: un espacio que es un campo, con barreras de entrada y reglas de acreditación. El camino a la endogamia y el elitismo surge justamente de esto: las reglas de acreditación son, hasta cierto punto internas, y si hay alguien escribiendo sobre el ano de Batman no es el habla exotérica, no especializada, la que debería dictar sentencia sobre los méritos del contenido proferido.

En teoría, en el límite del eje entre esoterismo y exoterismo que atraviesa al sector científico, en nuestra mundana situación no podemos saberlo todo. No son nuestras actitudes hacia la paleontología, la biotecnología o la filosofía medieval las que cuentan. No es en tanto que ciudadanos o contribuyentes que debemos obtener una rendición de cuenta vis a vis cada proceso de investigación sobre los méritos y resultados concretos, medibles, mensurables de cada disciplina, cada investigador y cada proyecto. Ningún desarrollo científico sería posible si a cada paso una tribuna de Belarminos redivivos debiera expedirse sobre cada aspecto bajo indagación.

El punto es que la generación de conocimiento no procede de a partes, y si de algo sirve la distinción perimida entre investigación básica, investigación aplicada y desarrollo experimental es para habilitar la idea de que la generación de conocimiento se basa, justamente, en la idea de conocer, de incrementar lo sabido, reconociendo que ese proceso no es lineal, sino iterativo, discontinuo y a-teleológico, es decir, en última instancia, no guiado por finalidad alguna extrínseca al orden mismo de la generación de conocimiento. Privado de este elemento constitutivo, toda discusión sobre el sector CTI deja de ser sobre ciencia para pasar a ser sobre otra cosa. Aparece la discusión contenidista que no puede resolverse sino es expidiéndonos sumariamente sobre los que nos parecen a nosotros aquí y ahora las lunas de Júpiter, la teoría de la evolución o el ano de Batman. Esto a su vez da lugar a los dos expedientes más habituales para resolver la incómoda cuestión de por qué la generación de conocimiento implica siempre un aspecto esotérico vinculado al poder que implica generar, circular, validar y reproducir un saber.

El primer expediente es discriminar rápidamente entre saberes, incluso disciplinarizados, que pueden reconducirse al confortable ámbito de las finalidades: investigamos porque es bueno en sí mismo o porque resuelve un problema o porque resulta prioritario. El loable ejemplo de una Supersopa -creada en la UNQ durante la crisis del 2002 y que hasta el día de hoy atiende problemáticas vinculadas con la nutrición en vastos sectores vulnerables-, la provisión de vacunas o la innovación tecnológica en semillas resistentes al déficit hídrico son ejemplos de manual. El problema con ese expediente es que resucita la antigualla más temida dentro de esta discusión: un concepto restringido de utilidad en sentido objetivo que es el que podría validar tal o cual investigación, proyecto o institución. Y con tan limitado instrumento, enteros ámbitos de indagación se ven sometidos a la pregunta contenidista, finalista, irrebasable: ¿para qué sirven la filosofía medieval, la arqueología o las ciencias de la atmósfera?

La respuesta evidente debería ser: yo no lo sé, pero hagamos dos cosas, preguntémosle a otros filósofos medievalistas, arqueólogos o científicos de la atmósfera qué es lo que piensan de esta investigación en particular, y veamos también qué es lo que hacen otros países, otras sociedades y otros sistemas científicos con ello.

Las reglas de la revisión de pares deberían limitar el recurso a la estrategia esotérica y las reglas de la cooperación y comparación internacional deberían ayudar a morigerar la endogamia, por caso. Pero no. Aquí lo que emerge es una discusión basada en contenidos sobre lo que de buenas a primeras nos parece el ano de Batman o la Supersopa, donde el habla exotérica se ve informada por algo que en sí mismo es un saber esotérico, pero que pasa por puro sentido común: el discurso economicista en torno a la utilidad. Pero este recurso no es más que la utilización regulativa de un saber específico (a nombre de una teoría no muy lúcida epistemológicamente, por si fuera poco) como anclaje normativo: el mercado sabrá mejor que es lo que sirve y lo que no, y todo lo demás que pretenda escabullirse a este juicio de validación no es más que un resquicio deshonesto o el enésimo avatar de la fatal arrogancia del planificador. Si es útil, el mercado lo sabrá.

La resurrección de un concepto de utilidad objetiva solo sirve (curiosamente en un marco disciplinar que hace eones abandonó toda teoría objetiva del valor de algo) para pontificar sobre investigadores, organismos y disciplinas enteras remitiendo todo a un único silogismo: es útil y de valía aquello que podría ser demandado, y por tanto podría tener un precio. Y, de manera recíproca, será demandable todo aquello que sea tenido por útil o valioso. Como fuera notado hace décadas, la crux de toda teoría del valor o de la utilidad ha sido esta circularidad del argumento, lo que no ha impedido que fuera tremendamente exitoso en la esfera pública. 

Y entonces el ajuste en el sector público puede tener lugar porque si son buenos encontrarán lugar en el mercado. Sus saberes serán demandados. Pero ocurre que este discriminador objetivo entre Supersopas y anos de Batman supone que ya sabemos de antemano qué es lo que sirve y qué es lo que no. En suma, la respuesta al planteo en torno a la utilidad de la ciencia no consiste en demostrar que lo es, sino en objetar el recurso al concepto mismo de utilidad en esta discusión.

El problema último del sector científico y tecnológico en todas partes es la dificultad de hacer entender en la esfera pública, a gestores políticos urgidos, a medios de comunicación sin tiempo para matices y a sociedades atrapadas en la precarización creciente, la peculiaridad de la generación de conocimiento, utilizando para ello un saber crecientemente hablado en lengua esotérica. La producción del conocimiento no es igual a la producción del resto de las cosas. Y el conocimiento es un insumo peculiar que revierte de otra manera sobre los entornos que lo circundan.

Adicionalmente, discutir contenidos y utilidades inmediatas atiende solo a una parte, relativamente menor, de lo que es específico a la política científica. Aplanar toda especificidad a un finalismo de problemas resueltos hará que entendamos la CTI sólo como un sucedáneo y un recurso para otros sistemas y dimensiones de la vida social. No necesitaremos pensar nada específico, porque lo científico y tecnológico será solo un nombre parcial que aplicaremos a nuestras preocupaciones sobre la producción, la salud, el sistema educativo, las infraestructuras urbanas o la seguridad. 

Nadie necesita una política científica cuando eso significa tener un ministerio de producción bis que se añade de manera más o menos supernumeraria al original. El productivismo, por caso, es una legítima orientación de gestión política, pero no enuncia todo lo que hay en el ámbito del conocimiento. Se indaga y se busca generar conocimiento para atender un problema que tuvimos en el pasado o que nos duele en el presente. Cierto. Pero también, y esto es consustancial al hecho mismo de investigar algo, se indaga y se busca generar conocimiento, justamente, de aquello que no se sabe siquiera que es un problema que debe ser resuelto. 

No solo se buscan respuestas a los problemas del presente. Se buscan preguntas nuevas, para problemas que aún no existen, que quizás solo quizás, habrán de enunciarse en el futuro. Y eso es lo que no puede saberse. Porque si lo supiéramos no estaríamos investigando nada. El dilema no es Supersopa versus ano de Batman. El dilema se da más bien cuando nuestra actitud hacia lo que se hace elegir ni siquiera tiene una formulación clara que podamos remitir a un eje valorativo disponible.

La Supersopa está muy bien. Es la urgencia del presente, atravesada de pasados irresueltos. Pero nunca sabemos lo que no sabemos, por definición. Hay un inerradicable aspecto de auto-finalidad (autotelismo) en la actividad científica. No entender esto es no entender el problema del conocimiento en absoluto. Y es por eso, por el carácter autotélico de la indagación, que una pequeña parte de nosotros va a indagar en cada recoveco para intentar imaginar las angustias que podría suscitar el futuro. Porque no sabemos de antemano siquiera cuáles podrían llegar a ser nuestros problemas en el futuro y porque el conocimiento, cierto tipo de situación concerniente al saber, se genera estrictamente en esas condiciones. A punto tal que si fuera necesario los más desprejuiciados de los nuestros irán hasta la Baticueva para intentar formular mejores preguntas.

Histéresis. Achicarse como un todo, agrandarse de a partes.

La historia política sectorial puede verse en esta imagen que se retrotrae hasta 1972. El sistema pendula entre políticas inconstantes, que rara vez conceden el tiempo de maduración para que los diversos elementos que constituyen la operacionalidad del sector fructifiquen.

Necesitás investigadores, formarlos durante 15 años, necesitás darles insumos, equipamiento, infraestructura, permitirles formar gente por otros 15 años. Necesitás eslabonar el sistema con otros sectores (privados, provincias, otros organismos, resto del sector público). Necesitás financiar en el largo plazo los desarrollos experimentales. Necesitás una economía que demande esos conocimientos, un sector privado que invierta y una tectónica social que no se sacuda violentamente cada diez años.

La deriva puede precisarse un poco más acotando el dominio a las últimas dos décadas. En este período lo que se ve es un ir y venir pendular en el que el sistema se acopla a diversos signos de la política sectorial: de expansión horizontal, de ajuste cuantitativo, nueva expansión y, fase actual, de dislocación por cambio de régimen. La comprensión de esta dinámica requiere dos parametrizaciones cruciales. Por un lado el sistema es pequeño y notablemente compartimentado, acorde a la realidad de los sistemas de ciencia en todo el mundo. Pero a esa pequeñez se le añade una proliferación enmarañada de jurisdicciones, dependencias y órdenes de prelación que dificultan la gobernanza del sistema.

Lo esencial aquí es resaltar no solo la densidad interna del compartimento sectorial, sino su falta de tamaño, de masa crítica, su pequeñez en una escala comparativa internacional. El sistema argentino pena desde hace décadas en la frontera de la existencia, cada vez más lejos de toda métrica por falta de volumen, aunque curiosamente cada purga se realiza a título de la acusación contraria: un supuesto crecimiento excesivo.

Por el otro, estos rasgos estructurales dificultan la gobernanza del sistema en la medida en que cada compartimento labora tanto en la declinación como en el auge buscando su propio posicionamiento interno en el marco jurisdiccional y presupuestario, antes que revirtiendo la mirada hacia una consideración integrada del conjunto. En la fase buena, pidamos por nosotros, lo demás se verá. En la mala, aguantemos.

La memoria del sistema, su histéresis, re-actúa sobre estos atributos: toma de posiciones, radicalización en la compartimentación, desarticulación sistémica en previsión del impacto del momento restrictivo externo. En este contexto cualquier intento de intervención, articulación, compaginación, tanto en la fase buena como en la mala, será visto como la preparación para un ajuste, porque en la memoria del sistema están inscriptas las coordenadas históricas de esta deriva: el sistema se achica como un todo, y se agranda de a partes. La contracción es holista, y responde a un diseño (¡2026!). La expansión es atomista, y responde a la voluntad unilateral de quien puede hacer valer sus razones entre otras en una regla de competencia a través de los múltiples contextos de inserción del sector. El SNCTI es un archipiélago, que se hunde como un todo y que pretende gestionarse en la fase expansiva mediante una administración parcializada de puentes levadizos desde cada una de sus islas.

Esta histéresis se puede ver en el peso cada vez más preponderante de un organismo, el CONICET, que por inercialidad en su masa salarial, pese a sufrir agudamente las fases contractivas, incrementa su peso relativo sobre el sistema en cada etapa. Como vimos en la primera imagen y se constata en la tercera, cuando el sistema cae, el CONICET cae más lento, y cuando crece, el organismo captura también por inercia la pendiente de esa curva incremental. En 20 años, bajo todos los signos políticos, el organismo pasó de representar un cuarto del sistema a ocupar el 40% de los recursos (decrecientes). Hay un living rodeando al elefante.

Pero esto no es “culpa” del organismo, sino un rasgo constitutivo de la forma en que se configuró el sistema, en sus idas y vueltas, en sus premuras, sus programaciones manifiestas y sus incompletudes. No son burócratas insensibles que escapan al mercado investigando anos de Batman y se roban el presupuesto. Es un sistema que re-actúa por histéresis cada vez que la tectónica de placas arrasa con un tejido institucional, dando lugar a estrategias en algún sentido obvias y que no cabe reprochar, sino entender para apuntalar un futuro distinto. No es que hay algo que “subsanar”, sino que hay que pensar diferente, si alguna vez queremos tener otra clase de problemas cuando esta fase oscurantista pase. Por lo pronto, notar la acendrada tendencia por histéresis a engendrar estrategias que dificultan la gobernanza del sistema no solo cuando este es atacado, lo cual es evidente y es el caso ahora mismo, sino también cuando el sistema es financiado y apuntalado.

La N que falta. El «otro» sistema.

En la primera imagen es notoria la ausencia de representación del peso de otros actores sin los cuales el SNCTI sería impensable. Por caso, las Universidades Nacionales. De hecho en la realidad presupuestaria de la Función Ciencia y Técnica, el lugar de las UUNN es marginal, un recordatorio de lo imperfecto de las representaciones presupuestarias y estadísticas, por un lado, pero también de la dificultad para pensar el sistema a partir de sus rasgos menos funcionales. El modo en que los organismos científicos y tecnológicos, en particular el CONICET, se apoyan en las universidades, requiere un estudio mucho más detallado. Pero aquí sirve para marcar todo lo que falta en el breve esbozo precedente. Hasta el momento uno de los pocos detentes a la lógica contenidista y utilitaria del productivismo ha consistido en enfatizar por argumentos estrictamente de “no-mercado” las prioridades que expresa el desarrollo científico. Esto implica prestar atención a la N que forma parte del SNCTI. Es un sistema y es de ciencia, bien, pero es nacional, y con eso evidentemente estamos queriendo decir algo.

Una de las claves del argumento que opera aquí se ve cuando se justifican ciertas actividades o investigaciones no porque son innegablemente buenas (como la Supersopa), ni por recurso al esoterismo disciplinar, sino porque intervienen otras consideraciones que las validan, la mayoría atinentes a una justificación social que ya quisieran para sí matemáticos, medievalistas y batmanólogos. El sedicente carácter estratégico enmarca aquí una operación en la que se reconoce que el conocimiento puede no ser demandado (o puede ser demandado en condiciones externas a la lógica de mercado), sino que opera más bien como un bien público -definido por su carácter no excluible, no rival- que hay que tutelar, apoyar y sostener. Las investigaciones soberanas en la Antártida, la CyT para la Defensa y el desarrollo de vacunas, entre otras, podrían caber en este sayo.

Por la hendija de esta N puede entonces colarse una extensión del argumento, hasta hacer colapsar el argumento utilitarista: a fin de cuentas, hay cosas que sostenemos porque entendemos que no hay manera de que sean encaradas de manera privada. El sector nuclear y espacial, a pesar de todas las mitologías al respecto, se apoyan de principio a fin en los resortes estatales, y su lugar en la política pública habilita otra dimensión para esta discusión: la geopolítica, el “interés nacional”, se aplica a las políticas de generación de conocimiento para que entendamos de una buena vez que el SNCTI es un artefacto caro que, sí, tomará recursos del erario público (que no de los niños pobres del Chaco, si comprendemos, también de una buena vez, que los recursos son fungibles y nada es “de” algo en el sistema impositivo), porque mediante el desarrollo científico y tecnológico como sociedad nos estamos diciendo algo a nosotros mismos y a los demás. Y así, el utilitarismo empieza a implotar una vez que reconoce otras finalidades: hay soberanía, y geopolítica e intereses nacionales que pueden hacerse valer porque están a la par de los estímulos de mercado y del estudio básico no aplicado sobre las musarañas, las constelaciones y los números primos. Y sí, es porque es caro, porque indaga en lo que no sabemos y porque es un recurso indispensable en nuestra relación con nosotros mismos y con los otros colectivos humanos, que lo necesitamos enfermizamente, aunque no sepamos todavía para qué.

La minúscula fracción de dinero que aplicamos a la ciencia, como el presupuesto que va a la educación, la salud y otros servicios sociales, son un indicador de la dimensión social, “del aire” que queremos darnos a nosotros mismos como plexo de relaciones humanas. Si la cultura fuera una circunferencia, la inversión en todas estas cosas es un indicador del diámetro que queremos que tenga, como espacio común para habitar. Las “prioridades” en ese diámetro expresan una geopolítica de posibilidades, de capacidades, de intereses que exceden la cuantificación. El mercado y la utilidad y la supersopa, y el ano de Batman y las musarañas y todo lo demás forman parte de esa circunferencia, mientras seguimos no sabiendo lo que no sabemos. Solo reconocer una dimensión y un estímulo implica volverse insensible a las múltiples manifestaciones de lo que significa tener y habitar un mundo.

Las Universidades Nacionales son ámbitos donde esa pluralidad refracta de manera muy particular. Son el ámbito donde literal y físicamente procede la enorme mayoría de las investigaciones, la generación de conocimiento, los procesos formativos en los que se dan las actividades de CTI. Y también sirven a otros fines. Pensadas como extensión del sistema educativo difunden saberes, anclan institucionalmente en el territorio, proliferan experiencias en sentido cultural amplio, acompañando vidas y habilitando recorridos. Pensadas como reservorios para el sistema productivo y social, son recursos de primera mano para fortalecer otros tejidos sociales. El lugar del SNCTI en el ámbito universitario no es casual. Pero la marginalidad de este reconocimiento también habla de los cimientos de lo construido, cimientos que podemos observar porque hoy los están destruyendo.

Pensar a futuro implica enfatizar que no habrá nada que subsanar a futuro. Habrá que construir otra cosa, y en esa construcción, constitutiva, transversalmente, pero también en la relación con clusters e instituciones por misión, las universidades y todos aquellos elementos que validan su parte de la N del SNCTI, invocando finalidades otras que habilitan una comprensión “distinta” del conocimiento disciplinarmente enmarcado, tendrán que tener un lugar muy diferente al que han tenido hasta ahora.

¿Y en concreto?

No sabemos todavía qué restos de SNCTI dejará la actual gestión política del mismo. El límite, antes que económico será político, pero por lo pronto hay algo que sí sabemos (al menos es la hipótesis con la que trabajamos aquí): el cambio de régimen social y económico, junto con una mutación política de dimensiones todavía desconocidas, nos ponen en una situación que ya no es de subsanación. Adonde vamos tendremos que pensar qué significa cada letra que forma parte de la sigla. No se tratará de zurcir retazos o, quizás, zurciendo retazos tendremos que hacer aparecer otra cosa. Preguntando. Para enunciar otra política, como cuando decimos “política científica”, proponiendo un sentido que remite a un común.

Y ese común, en nuestro caso, quizás no pueda rehuir de su esoterismo, pero tiene que escapar de la mala conciencia elitista y endogámica sin resucitar una concepción estrecha del productivismo, utilitarista y contenidista, que solo sirve para legitimar el ajuste. La justificación de la ciencia no puede consistir en creer que puede cargar con la responsabilidad de resolver problemas que por sí sola no puede resolver, porque esos problemas están incrustados de manera mucho más profunda en la experiencia común. Es la parte de “política” de la expresión “política científica”.

Pero su contribución tendrá que tener en cuenta sus especificidades, la parte “científica” del mismo término. Esto en concreto, podría quizás resumirse en estos cinco puntos: 

Gobernanza y articulación del sector. La transversalidad constitutiva debería tener resortes institucionales mucho más potentes que los que siempre tuvo. Que hayan sido los primeros en desaparecer es indicativo de su carácter y entidad. Deberíamos tomarnos la S en serio

Política científica. La jerarquización y reubicación estratégica del sector tiene que enmarcarse en una política de vinculación inter-sectorial mucho más precisa, con reglas donde la regulación esotérica encuentre pautas de traducción exotéricas, y donde los “gestores exotéricos” comprendan las peculiaridades de aquello que gestionan. Hacer política científica implica tomarse en serio los dos términos, lo que hay de común en la construcción de ese artefacto asimétrico, esotérico y desigual que es la ciencia.

Red, no archipiélago. El carácter autotélico de la generación del conocimiento no releva de responder a los sesgos endogámicos y elitistas de los campos en los que se genera. La descompartimentalización del sistema, la generación de escalafones nacionales y de movilidades inter-sectoriales, la habilitación de trayectorias no estancas, entre otros procedimientos, pueden servir como instrumentos de cambio sistémico.

Entornos y escala. El SNCTI es minúsculo, le falta escala y políticas consistentes y coherentes sostenidas en el tiempo hasta su maduración. No puede crecer solo por el lado del financiamiento público. Ese resorte se agota sin el concurso inter-sectorial que requiere que, en definitiva, otro tramado productivo y económico demande, sí, demande, ciencia y tecnología. Pero esa demanda no tiene por qué responder solamente al análisis cortoplacista contenidista de la utilidad pretendidamente objetiva. No es desconocido que incluso en finanzas esto se presenta como un cálculo de riesgo de inversión en investigación. El largo plazo de una apuesta por lo incierto tiene lugar en este planteo, aún entre privados. Perderle el miedo a este planteo es una forma de escalar rápido hacia la comprensión de lo que no hay.

-El ámbito, el plexo de interacciones donde eso se da, si se da, no puede evitar el concurso de las universidades, como lugar, como asiento y como espacio de encuentro de todos los sectores. Si el sector va a crecer, en lo público, va a ser por acá. Un acá que requiere recursos, infraestructuras, formación. Y otra gobernanza, claro. La falta de escala en privados, la falta de coherencia madurativa en la política, tiene que acompañarse de una clarificación de las prioridades y los intereses que se plasman en recursos institucionales que aquí, y en todo el mundo, suelen anclarse en la N que proveen las universidades nacionales, entre otros actores institucionales.

Más concreto aún: adónde vamos el SNCTI tendrá que entenderse como un sistema por derecho propio, que debe gobernarse y resolverse operacionalmente en su complejidad teniendo en cuenta el conjunto de lógicas que interpelan su funcionamiento, que no puede remitirse sin más a una lógica esotérica de campos disciplinares o a una lógica exotérica pura de (inexistentes) mercados.

Y esto no tiene vuelta atrás, porque no hay donde volver. El cambio de régimen social y económico que estamos experimentando nos obliga a plantear de otro modo la realidad del sector, saliendo, por ejemplo, del estéril debate sobre la utilidad de la ciencia, para comprender de otra manera lo que nos estamos diciendo a nosotros mismos cuando sostenemos la necesidad y la importancia de apoyar una política de generación del conocimiento, si es que vamos a tener una.

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